miércoles, 22 de mayo de 2013

ABADDONA, DE TRES Y ACCIÓN, EN SU PRESENTACIÓN EN ESCO (ESCUELA SUPERIOR DE COMUNICACIÓN)

Ofrecemos en dos entradas las reflexiones y consideraciones varias que se expusieron en la presentación del corto Abaddona en la sede ESCO (Escuela Superior de Comunicación), en Granada, por parte de los presentadores del acto, a la sazón Liberato A. Pérez Marín, Director de Estudios de Empresa en ESCO, deliberando sobre el romanticismo y  sus contradicciones y paradojas, y Francisco Acuyo, poeta y editor, sobre las interacciones de la literatura (la poesía) y el cine. Aquí y al final de la entrada aportamos enlace de la noticia en Granada digital.



ALGUNAS BREVES CONSIDERACIONES 
SOBRE EL ROMANTICISMO

Liberato A. López Marín, Azahara Vigueras, Fermín Rodríguez,
 Óscar Framil, Jorge Acuyo y Francisco Acuyo, abajo


Siempre ocurre que, cuando explico a mis alumnos y alumnas, en el transcurso de una de mis asignaturas, que el Romanticismo no se limita a una rosa sobre una almohada tras una noche con destellos de pasión, alguna cara se arruga con antojos caprichosos. Molesta porque los tópicos nunca deberían de romperse.
O sí.
“El romanticismo es algo más, va más allá”, les cuento, “es vida y muerte, destino y libre albedrío, es libertad ante la tiranía y esclavitud ante el amor. Es el terror gótico ante lo desconocido que se esconde tras las brumas de la noche o del alma. El romanticismo, en definitiva,  es contradicción, como lo es el mismo Hombre con mayúsculas.
Es el instante de las caras que descubren nuevos tintes que añadir al adjetivo romántico. El de las mentes que deslizan preguntas que viven entre la filosofía y el arte, la poesía y la historia en una suerte de matemática casi mística.
Alguien se atreve a tomar la palabra y concluye: “Profesor, entonces aun nos encontramos bajo la influencia del Romanticismo”. A lo que el aquí firmante añade: “somos hijos de él”.
El Romanticismo tiene héroes que sufren la vida, que se enfrentan al destino con la altanería vital del rebelde. ¿Miedo? Por supuesto, ¿al destino? Está claro, pero la heroína romántica, rodeada de circunstancias adversas e incitada por un halo fantasmal, siempre presente, que la rodea, toma una decisión que tiene visos de falsa libertad.
El destino, cerrado, determinista, encarnado en la cara de un joven hierático que siempre acompaña a la protagonista,  ya ha marcado su rumbo.
¿Dónde se encuentra la verdadera Libertad? ¿Dónde el libre albedrío?
Rota la división entre la realidad y la ficción, como si se tratase de un nuevo mito de la caverna, no somos conscientes de la presencia que nos induce, como marionetas de la Divinidad, a tomar un camino. ¿El camino? ¿Acaso no tenemos otro? ¿Acaso no podemos variarlo?
Todo se encuentra adherido a un fuerte existencialismo, casi derrotismo vital, que viene a robarnos el pequeño halo de esperanza que se cuela por las rendijas de la vida, y no existe más que un culpable:
Abaddona, un ángel exterminador que se culpabiliza, en un acto de autoagresión, de todo lo que desembocó en la rebelión contra Dios.
El ángel caído, se niega a entrar en los Infiernos y vaga, como adolescente de rostro cándido, entre nosotros, vaciando sueños de suicidio entre los jóvenes que comprenden la muerte como el máximo acto de rebeldía romántica ante un mundo prosaico y vulgar que no los comprende.
“No hay nada más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.” Dice Albert Camus en su libro El mito de Sísifo.
Pero tal vez olvida Camus que si Larra, Ganivet, Wolf, Pavese, Sylvia Plath, Dido, Ofelia, Ana Karenina, Madame Butterfly o aquel Andrés Hurtado del barojiano El Árbol de la Vida, han decidido poner el punto y final a sus vidas, es solo porque Abaddona, el exterminador, se encontraba cerca de ellos, susurrándoles al oído.
Tan cerca como lo puede estar de mí o de vosotros que os encontráis sentados en este Aula Magna de ESCO, deseando que termine mi intervención para ver el cortometraje de Óscar, Jorge, José Antonio, Germano, Marta, Daniel, Salva, Cristina, Álvaro, Fermín, Daria.
Tal vez solo necesitamos girar la cabeza para encontrarlo ahí, mirándonos, callado como la misma muerte.

Muchas gracias. 


                                  Liberato Antonio Pérez Marín



martes, 21 de mayo de 2013

TENDIDO FRENTE AL BOSQUE, DE PASTOR AGUIAR


Para la sección de narrativa y los seguidores habituales de nuestro blog Ancile, un nuevo relato del escritor habitual (y amigo perpetuamente instalado en el corazón de quien les habla, y) de estas páginas entregadas a su pluma mientras duren, Pastor Aguiar, en este caso con el sugerente relato titulado Tendido frente al bosque.



TENDIDO FRENTE AL BOSQUE


Estaba tendido boca abajo, mirando el bosque. Los primeros troncos al alcance de la mano, pero para llegar a ellos era necesario que arqueara el brazo a través del arroyuelo, que ahora se entretenía con una hormiga cabezona haciendo piruetas sobre una hoja de vicaria.  Fueron apenas tres segundos. La hoja encalló en un recodo y el animal escaló la ribera opuesta, hacia la seguridad de las sombras.
El agua me protegía. Si alguna fiera se aventuraba hasta el descampado, tendría que atravesar la corriente, dándome suficiente tiempo para escapar.
Entre el cauce y los troncos abundaban los espartillos machos, algunos de ellos de tamaños colosales, erectos como el lomo de un erizo verde.
Yo esperaba el viento de la tarde para emocionarme con las copas agitadas, los tallos en arco, y quién sabe si hasta algún derribo haciendo retemblar la tierra y regando por los alrededores huevos de pájaros y pichones recién nacidos de gavilanes. Jamás había tocado un gavilán, a no ser con los ojos.
Las dos primeras hileras eran de robles, y más adentro, una mezcla de pinos cimarrones, algarrobos, eucaliptos equivocados de lugar y abetos inventados por mí.
Así estaba todo cuando un airecillo oliendo a humedades, me revolvió el pelo. Ladeé la cara y pude ver que desde el oeste, una enorme nube gris iba comiéndose la mitad del cielo. Pude escuchar un corretaje, una especie de mudanza de muebles allá arriba.
El bosque se balanceaba como desentumeciéndose. Pero las raíces eran profundas, lo sabía, y se iban a apoyar unas contra las otras. Imaginé una bandada de auras planeando sobre el techo movedizo, escapando de la tempestad.
El arroyo estaba casi seco, así que el aguacero le vendría de perillas, para hacerlo navegable. Pude ver los barcos de vapor acarreando toneles de manteca, locomotoras nuevas de paquete, elefantes para el circo Atenas.
Hubiera tenido que levantarme para buscar cobija en el portal de mi casa, apenas veinte pasos detrás, antes de que mi madre comenzara a vocear su rosario de advertencias, que si iba a tronar, que si era una manga de viento que cargaría conmigo hasta las mismas nubes para lloverme por el otro costado del mundo. Ella no sabía lo que me gustaba esa posibilidad.
Pero estaba tan cansado, tanto fango entre los dedos sembrándome como a los árboles, que no encontré fuerzas, y sentí deseos de dormir para que el bosque tuviera montañas detrás y aldeas de gente antigua haciendo guerras contra los vikingos.
Una gota explotó arrente a mis ojos, desmoronando la pendiente del cauce por aquel lado, y después otra, y otras. Era como el fuego graneado en la novela de aventuras de Cazán el Cazador.
Ya imaginaba una caballería estropeando los espartillos, con los jinetes de torsos desnudos revoleando machetes como aspas de molinos y balas de cañones detrás, arrancándolos de cuajo de las bestias. Podía escuchar las maldiciones, el golpe de las bolas de hierro, el crujir de las vértebras destrozadas y el relincho de algunos caballos partidos en dos.
El goterío arreció y el viento se hizo adulto. Pensé que mi madre estaba dormida, porque la noche anterior había planchado la ropa de la semana.
Una racha furibunda arrancó uno de los robles y lo aplastó sobre el arroyo, que ahora ensayaba la vez de un río de aguas rojas con tanta sangre de la matazón que ya no pude ver, porque todo se fue oscureciendo y el primer trueno retumbó por el lado del callejón hondo.
Sabía que las turbonadas del oeste eran traicioneras, que en cualquier momento los gritos desde la casa me iban a alzar en vilo. Pero por alguna razón inexplicable, no pude separa los ojos del bosque, que se inclinaba en tumulto y saltaba hacia el lado opuesto entre los golpes del viento.
Los eucaliptos no pudieron resistir. Uno de ellos voló para perderse entre los plataneros distantes. En cualquier momento las fieras iban a salir hacia mí, despavoridas, y el río, desbordado ya, las detendría: algún rinoceronte, alguna pantera disfrazada de gato jíbaro.
Pero un trueno lo dejó todo oliendo a pólvora y los oídos me zumbaron. Una llamarada rojiazul retomó la claridad del día. La caseta de los aperos de labranza ardía por causa del rayo.
Apenas recordé que el caballo de abuelo estaba amarrado a uno de los holcones del portalito, cuando sentí el patear sobre la tierra, el temblor del terremoto que iba levantando la bestia desbocada. Y pasó salpicándome por un costado, sacando al río de su cauce y llevándose entre los cascos a todas las matas que quedaban en pie. No quedó nada que ver, ni siquiera montañas, ni me quedaba tiempo para hacer naufragar los barcos por un río que ya era un gran charco de lodo rojo.
El frío me hizo levantar y correr hasta mi casa, dándome cuenta, en ese instante, de que mi madre vivía muy lejos, que mi abuelo había muerto durante el siglo anterior y de que yo era un hombre viejo que vivía en un país extraño.

                                                                                        

                                                                                                             Pastor Aguiar




domingo, 19 de mayo de 2013

EL FINAL DE LA UTOPÍA


Presentamos para la sección de Microensayos del blog Ancile, una nueva entrada del profesor Tomás Moreno titulada El final de la Utopía, que viene muy apropósito con las inquietudes de muchos de los que también reflexionamos sobre lo que ya parece una deriva incontrolable entre el saber, el conocimiento científico, la ética, la tecnología y el vacuo papel de la política ante este (y desde luego muchos otros) fenómenos de la actualidad social e individual que afectan gravemente a nuestra civilización.




EL FINAL DE LA UTOPÍA




Desde el siglo XVIII hasta los inicios del XX, la mayoría de los expertos en el pensamiento utópico sostenían que los dos modelos utópicos existentes (el modelo eutópico de las utopías sociales y el modelo tecnópolis de las utopías científico-técnicas) presentaban una cierta ligazón: se exaltaba la ciencia y sus aplicaciones técnicas, así como una ingenua pero firme credulidad en el progreso, asociando con frecuencia “las esperanzas utópicas” sociopolíticas al avance de ese proceso técnico y “civilizador”.
            Sin embargo a lo largo de todo el siglo XX se fue evidenciando progresivamente la inevitable desvinculación o divorcio entre ambos modelos utópicos. Quizá la mejor manera de caracterizar esa inestable relación o vinculación entre ambas -entre la utopía técnico-científica (tecnópolis) y la utopía socio-política (eutopía)- sería la formulación de H. Schlette, que remedaba la clásica de Kant: “La utopía social, concepto sin intuición, es algo vacío; la utopía técnica, que no carece de modelos intuitivos, pero sí de aquel fundamento conceptual que le da sentido, es ciega” [1].
Jean Amery
            A finales del pasado siglo, era ya una verdad establecida que el tiempo de las utopías sociales y políticas (eutópicas) había pasado, estaba periclitado. En efecto, mientras que en el ámbito científico-técnico las aspiraciones, los deseos, los sueños de las ficciones utópicas  habían sido, en cierto modo, realizadas, e incluso cumplidamente superadas, en el nivel político-social, aunque factibles o realizables en la teoría, sin embargo, no había ocurrido otro tanto en implementación práctica[2].
            Jean Amery, por su parte, consideraba que la utopía social, sustentada por el principio esperanza[3], tenía una clara tendencia a posponer los modelos técnicos y a orientarse hacia un mundo pre-técnico, un mundo sin instrumentos, mientras que la utopía técnica, que ponía a salvo el principio “hybris”, extrapolaba todas las posibilidades técnicas empeñadas en el presente, intentando liberar a la esperanza de la posibilidad de la desilusión y dirigiendo sus ojos sin temor hacia un futuro, en el cual el hombre se convertiría en parte de un mecanismo y por ello en un mero instrumento. En una simplificación grosera de los hechos, pero que quizá se acerque a la verdad, podría decirse que el peligro de las utopías sociales se basaba en un milenarismo irracionalista[4], mientras que el peligro de la utopías técnicas residía en un suprarracionalismo que se elevaba hasta lo absurdo[5].
            Las antiutopías del pasado siglo XX - las de E. Zamyatine, de G. Orwell o de Aldous Huxley- revelaron finalmente cómo la utopía, tal y como había sido conceptualizada desde el Renacimiento y desde los inicios de la Modernidad, había fenecido. Se había producido, efectivamente, una caída de los sueños y anhelos utópicos, una verdadera crisis de la utopía (tanto de la utopía socialista como de la utopía de la sociedad industrial capitalista, tanto del modelo eutópico como del tecnopolita).
            Y esa crisis era, sin duda, pareja a la crisis o declive de la idea o mito del progreso -piedra angular, por otra parte, de la construcción racionalista ilustrada que había sostenido la civilización moderna occidental y que había sido hegemónica en ella durante un par de siglos- y también a la crisis o decadencia de la modernidad, como analizó convincentemente Krishan Kumar [6] en un destacable ensayo.
            En efecto, tras la experiencia totalitaria, las dos guerras mundiales, el Holocausto, el Gulag, Hiroshima, las armas nucleares, la destrucción ambiental etc., fue imposible  sostener la fe en que el mundo estaba volviéndose mejor y en que, con ayuda de un poco más de ciencia y de tecnología, mejoraría más aún. Los científicos e ideólogos de la modernidad prometieron que su conocimiento liberaría de la guerra a la especie humana y de la escasez al mundo. Pero, en este caso su mentor parecía haber sido el barón Frankenstein, en lugar de Francis Bacon, y la utopía había mostrado su otra
Krishan Kumar
cara, su verdadero rostro oculto: la mueca trágica de la distopía[7].
            Coincidiendo con el diagnóstico de Krishan Kumar, Rafael Argullol y Eugenio Trías justificaban así, en los finales del segundo milenio, el desmoronamiento de las utopías de raíz ilustrada:
            El mecanismo del Progreso se ha engrasado con las promesas utópicas. Pero éstas han quedado en entredicho. No hace falta insistir en el fracaso de las utopías políticas, tanto de “izquierdas” como de “derechas”. Este fracaso ha ido acompañado de otro, de igual importancia, que concierne a las promesas utópicas alrededor de la ciencia y la técnica. El optimismo ilustrado, reencarnado en el optimismo científico y técnico, había previsto horizontes paradisíacos. Esto se interrumpe a partir de cierto momento del siglo XX. La bomba atómica, Hiroshima y, luego, la amenaza de autodestrucción son el gran golpe. Después se producen toda una serie de fenómenos, desde el deterioro ecológico hasta la aparición de una enfermedad con ribetes de peste negra como el sida, que debilitan, cada vez más, la confianza en la utopía científica [8].
            Pero fue, sin duda, Edgard Morin quien, con mayor concisión, lucidez y dramatismo, certificó tanto la quiebra de la bicentenearia idea de progreso como el fin de la modernidad -y por consiguiente la muerte de la utopía, indisolublemente vinculada a ambos conceptos- al escribir estas palabras:
            Nuestra civilización, nacida en Occidente, al soltar sus amarras respecto al pasado, creía dirigirse hacia un futuro de progreso infinito guiado por el progreso conjunto de la ciencia, la historia, le economía y la democracia. Con Hiroshima ya aprendimos que la ciencia es ambivalente; hemos visto el retroceso de la razón y el delirio estalinista adoptando la máscara de la razón histórica; hemos visto que no había leyes en la  Historia que guiaran inequívocamente hacia un porvenir radiante; hemos visto que el triunfo de la democracia no estaba definitivamente garantizado en ninguna parte; hemos visto que el desarrollo industrial podía causar estragos culturales y contaminaciones mortíferas; hemos visto que la civilización del bienestar podía al mismo tiempo producir malestar. Si la Modernidad se define como fe incondicionada en el progreso, en la técnica, en la ciencia y en el desarrollo económico, entonces la Modernidad está muerta[9].
            Todo ello explica el que las imágenes del futuro[10] que se han introducido en la conciencia popular a lo largo de todo el siglo XX hayan sido distopías[11]: Un Mundo feliz, de Aldous Huxley, “1984” de G. Orwell, Nosotros, de E. Zamyatin, La Naranja mecánica, de Anthony Burghes -llevada al cine por Stanley Kubrick-[12],  con casi la única excepción de alguna utopía tecnológica todavía ingenuamente optimista como Walden dos, de B. F. Skinner.
            Antes, en la Modernidad -abierta al futuro y hostil a todo cierre utópico-, las utopías decimonónicas se adaptaron con éxito al requerimiento de cambio y novedad: reemplazando los esquemas estáticos, propios de la utopía desde Tomás Moro, con esquemas más abiertos, experimentales y dinámicos, como los instaurados por socialistas utópicos (Owen, Saint-Simon, Fourier, Cabet, Wells) -que trataron infructuosamente de ensayar nuevas formas de convivencia humana, esto es: otras alternativas socio-económicas y políticas de organización social-. Después de la
Edgar Morin
Primera y Segunda guerra Mundiales
, sin embargo -como ya hemos mostrado-, la “progresista” Modernidad fue severamente puesta en entredicho. Su dinamismo, su apertura, su falta de un sistema general de valores se parecían más a una amenaza apocalíptica que a una promesa emancipadora.
            Ante esta falla de la confianza en el futuro, también la Utopía se retiró. Su coexistencia con la Modernidad dependía de la confianza en que la razón podría forjar el futuro y, hasta cierto punto, discernirlo. Uno de los rasgos más persuasivos de la Antiutopía del siglo XX fue denunciar esta creencia como un peligroso engaño. Y -lo que fue aún más dañino para las utopías optimistas del pasado- asumió el argumento de escritores antiutópicos como Evgeny Zamiatin, G. Orwell  y Aldous Huxley o de teóricos de la Escuela de Frankfort como Max Horkheimer y T. W. Adorno[13],  de que, en la medida en que la razón ilustrada se estaba realizando en el mundo moderno, los resultados que ella acarreaba estaban siendo desastrosos para la humanidad y podrían serlo aún mucho más.
            A finales del siglo XX, pocos se habrían atrevido a cuestionar la lucidez y veracidad de este epitafio utópico de Krishan Kumar:
La antiutopía cuya popularidad en nuestro siglo ha sido muy superior a la de la utopía, dio la espalda al presente. Enterró la civilización moderna en nombre de valores y prácticas que habían desaparecido sin dejar ninguna posibilidad de resurgir. Contempló el fin del mundo moderno, fuese en una llamarada de violencia apocalíptica o en virtud de una lenta decadencia acarreada por medio del hastío, sin la esperanza de que la muerte significara, como tantas veces en el pasado, una resurrección. La ley de la entropía, que anunciaba el último agotamiento del universo, pareció finalmente haber extendido su esfera de operaciones a la sociedad humana[14].


Tomás Moreno








[1] Pensamiento utópico y humanidad concreta, Concilium, nº 75, Mayo 1972, Madrid, pp. 240-242.
[2] Véase H. Marcuse, El final de la utopía, Ariel, Barcelona, 1968.
[3] Alusión a Ernst Bloch, autor de Das Princip Hoffnung, Suhrkamp Verlag, Frankfurt am Main, 1959 (El Principio Esperanza Aguilar, versión del alemán de Felipe González Vicen, 3 tomos, Madrid, 1977), la obra más profunda y enciclopédica que se ha escrito sobre la utopía y el espíritu de utopía.
[4] Para las relaciones entre utopía y milenarismo en nuestro tiempo véase: Tomás Moreno, De la Utopía al Milenarismo, en Ángel Valencia y Fernando Fernández Llebrez, La Teoría Política frente a los problemas del siglo XXI, Universidad de Granada, 2004, pp. 201-210.
[5] Cfr.J. Amery: Gewalt und Gefahr der Utopie, en Widersprüche, Stuttgart, 1971, p. 96 (cit. en H. Schlette, op. cit., pp. 240-241).
[6] Cfr. Krishan Kumar, El Apocalipsis, el Milenio y la Utopía en la actualidad, en Malcolm Bull (compilador), La teoría del Apocalipsis y los fines del mundo, Fondo de Cultura Económica, México, 1998, pp. 233-260.
[7] Y es que toda utopía lleva como adherida su sombra: una contrautopía; todo paraíso evoca su respectivo infierno. Frank E. Manuel considera que “la antiutopía no fue un invento de A. Huxley  y Yevgeny Zamiatin realizado en el siglo XX: La Asamblea de las mujeres de Aristófanes fue contemporánea de la República de Platón (…); la utopía de Moro dio pie a las más diversas burlas y parodias; y en más de una utopía nos encontramos con algún diablillo maligno dispuesto a dar al traste con todo”. Todas esas intrusiones y utopías satíricas, o las que se ha dado en llamar distopías o antiutopías, no se pueden excluir enteramente de un examen serio de la cuestión:”Si en el fondo de toda utopía late una antiutopía -el mundo real visto a través de los ojos críticos del fabricador de la utopia-, también se puede decir inversamente que en el fondo de toda distopía late una secreta utopía” (Frank E. manuel y Fritzie P. Manuel El pensamiento utópico en el mundo occidental, tres tomos, Taurus, Madrid, 1981, tomo 1º, p. 20).
[8] Rafael Argullol y E. Trías: El cansancio de Occidente, pp. 43-44.
[9] Edgard Morin, Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, Paidós, Barcelona, 2001, pp. 85-86.
[10] Sobre las antiutopías y distopías véanse: Peter Sloterdijk, La Utopía ha perdido su inocencia, entrevista con Fabrice Zimmer, Magazine Litteraire, mayo 2000; Ángel Rodríguez-Kauth, Razones del discurso antiutópico, Universidad Nacional de San Luis, Argentina, en la Revista Utopía y Praxis Latinoamericana, nº 4/6, Venezuela, 1999; Estrella López Keller, Distopía. Otro final de la utopía, Separata de la “Revista Española de Investigaciones Sociológicas” nº 55, Julio-Septiembre,1991;  Juan López Morillas, Sueños de la razón y la sinrazón: utopía y antiutopía, Sistema, nº 5, Madrid, Abril, 1974;  W. H. G. Armytage, Visión histórica del futuro, Península, Barcelona, 1971.
[11] También denominadas como cacotopías, utopías negativas, antiutopías,contrautopías o distopías. Distopía: proyección al futuro de los rasgos negativos del presente sobrevalorados; macabro espejo de aquello en que podrían convertirse nuestra sociedades o nuestra civilización si no se pone freno a alguna de las tendencias a las que apuntan. La distopía ve el futuro como portador de una amenaza, exactamente como la utopía ve el espacio todavía no explorado y el mañana anhelado como una esperanza.
[12] Todas se asemejan en dos aspectos fundamentales: las denuncia del despotismo estatal  y del totalitarismo y el rechazo de la tecnologización deshumanizadora. Su objetivo: alertarnos de la posibilidad de que lo que pronosticaban venga a cumplirse inexorablemente, confiando en que al mostrar el lado más oscuro y terrible de estas sociedades -en apariencia perfectas- se impedirá su cumplimiento.
[13] Cfr. Max Horkheimer  y Thedor W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración, Trotta, Madrid, 2003.
[14] Krishan Kumar, op. cit., p. 248.

jueves, 16 de mayo de 2013

EL TIEMPO DE LAS MATEMÁTICAS EN LA POESÍA


 Reproducimos un brevísimo capítulo del conjunto de ensayos inéditos intititulado El tiempo poético, en este caso recogemos para la sección de Pensamiento del blog Ancile, que va encabezado con el título de Las matemáticas del poema. Sirva al menos para ofrecer vertientes de reflexión alternativas al sublime y a la vez enigmático fenómeno poético.





EL TIEMPO DE LAS MATEMÁTICAS EN LA POESÍA





¿ES POSIBLE EN La poesía una vertiente sintética, esencial, desde donde pueda deducirse el fenómeno poético de acuerdo a una estructura gobernada de manera intemporal e independiente del mundo que se ofrece en los objetos físicos?
      ¿Participa del prodigio que cumple la abstracción geométrica? El cuerpo sin materia y ajeno a la experiencia, al margen de los sentidos, subsiste en el espacio y ofrece un ser allí donde cualquiera de sus concretos atributos han desaparecido El poeta, así, utiliza de igual modo que el geómetra símbolos y figuras que visibles, interactúan y razonan con el mundo, no pensando en ellos, sino en lo que representan?
      ¿Puede ser el poema algunas veces la imagen reflejada sobre el agua o el espejo que muestra sus figuras, proyectado dibujo cuyo original es sólo visible a la inteligencia intemporal idealizadora? En cuyo caso, de ser afirmativo ¿no existe la necesidad empírica de ninguna constatación de las afirmaciones intuitivas que son, pues, fruto de consideraciones universales fuera de cualquier contingencia e interpretación particular o subjetiva?
      La poesía ni se genera ni se mueve fuera del habitual orden de las necesidades de nuestro espíritu y sus aspiraciones, y cuando menos, nos parece bien sensible a recogerlas y también a interpretarlas. La poesía, como conocimiento, aspira a percibir aquello que no cambia en tanto que cambia todo lo que nos circunda.
      Cabe preguntarse, si pueden deducirse propiedades que resulten independientes de los movimientos y las transformaciones que un poema sufre en relación con otros poemas y si existe alguna  posibilidad, aunque sea  remota, de establecer algún principio (pensemos solo en este instante en los aspectos exteriores o formales, en referencia a la morfología, la estilística, la sintáxis o la métrica). ¿Podemos componer una poética elemental acaso, recogiendo las consideraciones comunes de poemas que se puedan así entender como paradigmáticas, desde Homero a Shakespeare por ejemplo?.
      ¿Seríamos capaces, aunque fuese de forma muy somera, de una búsqueda de invariantes y de establecer una poética asociada a tal círculo de transformaciones?.
      No parece difícil en principio establecer las relaciones de semejanza y sus transformaciones de un poema ( La Odisea y, Venus y Adonis por ejemplo) a otro. La poesía, como la matemática, es el arte de dar el mismo nombre a cosas distintas, que diría J.H.Poincaré.
      El lenguaje, si se elige oportunamente, conlleva que cualquier demostración aplicada a un ente conocido se aplique de inmediato a entes nuevos, y todo sin que nada deba ser transformado, ni siquiera las palabras. Vertiente muy curiosa a este respecto sería la misma intertextualidad.
      Matemática, música y poesía hasta nosotros llevan la expresión de una armonía recogida fuera, pero que enriquecida en nuestro espíritu revierte al mundo circundante haciéndolo partícipe de nuestra vida interior y, vertiendo al mismo tiempo nuevas armonías para la exaltación del ánimo.


                                                                                                    Francisco Acuyo





domingo, 12 de mayo de 2013

PÚBERES CRIATURAS

Para la recién inaugurada sección de Amistad y Poesía del blog Ancile, hoy traemos un poema cuya razón primera es, precisamente, homenaje a la amistad, pero también a la poesía, elixir de singular e inmortal mantenimiento que, a quien lo apura con la inocencia exigida, lo suspende en la eterna juventud que alimenta su sutil e inmarcesible sustancia; así pues estas Púberes criaturas para mis amigas y poetas Magda, Brenda y Mara, con el abrazo fraternal de su amigo Francisco Acuyo.





PÚBERES CRIATURAS





Para Magda, Brenda y Mara[1]
Unos versos a  la luz y las sombras de estas púberes criaturas


-Moi, j’ai la lèvre humide, et je sais la science
De perdre au fond d’un lit l’antique consciencie.

Yo, tengo húmedo el labio, y sé la ciencia
De perder en  el fondo de un lecho la antigua conciencia

Les metamorphoses du vampire

La metamorfosis del vampiro

Charles Baudelaire


   SI prímulas o alhelíes,
si jazmines o jacintos,
en el jardín de su origen

oscuro,  un fanal el símbolo
de sus púberes perfiles
proyecta el secreto  idilio

de las luces no invisible,
de las sombras fugitivo.



   Si cariz de tersos marfiles,
no sin insolencia, quiso
de la eternidad el límite

traer para el infinito;
así, traviesas, se fingen
entre rosas cristalinos

pétalos de cuya estirpe
se ofrecen eterna efímeros.


   Delicados colibríes
han por los labios subido
a besar en cada linde

de la boca al libertino
solitario ya partícipe
del límite y el infinito,

aquel que en sombras luz finge
y del silencio el sonido;


   aquel natural artífice
que se consagra lascivo
para la vida invisible

que a vuestro carnal recibo
ofrece inmortal estirpe.
Púberes criaturas, digo,

que prímulas o alhelíes,
que jazmines o jacintos,


   al destino sin origen
de vuestro sagrado círculo
muestran, certeza imposible,

donde  miraron los siglos
tejer la belleza su urdimbre
efímera en sacrificio

de ese nardo que pervive
a vuestros rostros sumiso.



Francisco Acuyo


 







[1] Las poetas Magda Robles León, Brenda López Sóler y Mara Romero Torres.